Poesía y arcilla para sobrevivir al olvido

El Salvador se está quedando sin niños, dice la gente del lugar. Lo que alguna vez fue una tierra próspera y rebosante de riquezas hoy es una ciudad de la que se ha ido más de la mitad de sus habitantes. Tras 63 años de explotación incesante, la mina subterránea dejó de producir en el año 2022. Pero planean extender la vida útil del yacimiento por 40 años más con el proyecto Rajo INCA, una mina a cielo abierto que ha obligado a reestructurar por completo la vida en el antiguo campamento minero.

En la década de los ochenta, con la gran minería del cobre ya nacionalizada en 1971, la ciudad llegó a tener más de 15 mil habitantes. Muy lejos de ese apogeo, hoy la población apenas supera las seis mil personas. Los que quedan, comentan, son trabajadores y familias ligadas a la estatal Codelco.

Cada semana se va gente, pero es muy difícil que algún foráneo llegue a instalarse. Uno de los factores disuasivos son los arriendos, exclusivos para trabajadores del cobre. Ni siquiera morir en esta tierra es un aliciente, tras el cierre definitivo del cementerio, anunciado a mediados de 2026. El resultado son enormes casas, que en los años cincuenta pertenecieron a familias estadounidenses, prácticamente vacías; un estadio incólume pero desmedido para el tamaño de la ciudad; liceos a la mitad de su capacidad y calles desiertas.

Pero incluso en medio de su estertor, la alegría de vivir sigue brotando en algunos lugares de El Salvador. Esto ocurre en la Fundación Choyün, espacio donde la educación artística, el respeto por la naturaleza y la vida comunitaria se entrelazan. Fundado en 2019 por los profesores Paulina Ellahueñe y Juan Ignacio Díaz, el proyecto nació para fomentar el acceso equitativo a la cultura y las artes en la comunidad, especialmente para niños y niñas.

Con los años, Choyün se ha constituido como un “tercer espacio” para los vecinos y vecinas, distinto al de la familia o el trabajo, donde pueden disfrutar, crear y conectar con otras personas a través de encuentros y diversos talleres de arte, música, huerto, entre otros. A este colorido crisol de experiencias se sumó en septiembre un nuevo espacio llamado el Canto de las Flores, fruto de la colaboración con nuestra Fundación Runrún.

Por primera vez en la región de Atacama, abrimos nuestra línea Arte Común a organizaciones como Choyün, con la que compartimos enfoques de trabajo con la comunidad. Producto de este diálogo entre las dos fundaciones nació este proyecto, enfocado a crear obras colectivas a partir de la poesía y el trabajo con la arcilla.

En sus tres primeras sesiones, El canto de las flores ha permitido a las y los participantes escarbar en su mundo interior, donde han aflorado recuerdos de la infancia, momentos de felicidad e hitos que han marcado su vida, al tiempo que aprenden a trabajar con la arcilla y a dominar materiales como las estecas, espátulas y la barbotina.

Mientras el grupo amasa la greda, podemos escuchar la historia de Víctor, quien evoca el nacimiento de su primer hijo a través de la figura de una placenta. O de Carolina, vecina nacida y criada en El Salvador, quien creó una vasija para dejar las piedras que colecciona junto a su hijo y su madre en los paseos que hacen al cerro. Como también la de la pequeña Renatta, de nueve años, que replicó en una escultura el tobogán de madera de la casa de su bisabuela.

Pero quizás lo más especial que ocurre dentro del taller es lo que no se ve ni se escucha. Son las amistades que se forman, es la conexión madre e hija trabajando juntas, es coincidir con un recuerdo que solo los habitantes del lugar conocen, es compartir un pedazo de torta y un té remojado cada sábado de taller. Es saber que, por un momento, todas y todos pertenecen a un mismo espacio.

Al terminar el taller, subimos junto a Paulina y Juan Ignacio a la gruta de la Virgen, desde donde se puede ver toda la ciudad. Desde arriba, se distingue con claridad el plano original de El Salvador, con forma de casco, donde todas las calles llevan al centro. El paisaje a lo lejos convive con grúas y maquinaria pesada, profundas excavaciones y enormes acumulaciones de material estéril, llamadas “tortas” en la jerga minera. La mina avanza amenazante hacia la ciudad, pero ya es tarde para detenerla. En las fronteras se ve el barrio de trabajadores, donde está ubicada la casa de Choyün, que con sus flores, mosaicos y plantas, resiste frente al paso del tiempo.

Publicado por Runrún

Familia poética y musical chilena que trabaja la relación entre palabra, artes e identidad desde una perspectiva crítica, colaborativa, pedagógica y transdisciplinaria desde el 2018 a la fecha.

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